miércoles, 16 de febrero de 2022

El origen del éxito: ¿mucho esfuerzo o privilegios?

 

Por Andrés Agüero

En estos días de rumores de vacancia presidencial o cierre del Congreso, de gente de izquierdas o derechas, escuché en un bar una discusión airada entre dos jóvenes que confrontaban sus ideas políticas dando gritos.  Uno decía que no era un privilegiado porque todo lo que él y su familia habían obtenido era debido a su esfuerzo y que nadie les había regalado nada.  El otro vociferaba, en un tono similar al del primero, que, si no hubiera nacido en una ciudad ni tenido acceso a una educación privilegiada, otra habría sido su historia y que por eso era necesario que el Estado se hiciera fuerte y distribuyera mejor los recursos entre los más pobres. Por supuesto, la discusión continuó y terminó de manera poco afortunada.

Ahora bien, estas posturas son contradictorias solo en apariencia, si las analizamos con detenimiento podríamos darnos cuenta de que se complementan.  Porque sería necio negar que existen personas que han logrado mejores posiciones en la vida (sean económicas, culturales, artísticas u otras) debido a su esfuerzo, que no recibieron apoyo estatal ni privado, tuvieron que transitar por un camino muy difícil, y debido a su energía y trabajo arduo lograron aquello que los hace sentir orgullosos de manera merecida.  Por otra parte, también existen aquellos que, a pesar de tener recursos limitados o abundantes, no se esforzaron para mejorar su situación y por ello en la actualidad se encuentran desfavorecidos. 

Un ejemplo que me gusta citar de lo que planteo es el de Vargas Llosa (que a veces me desconcierta con sus posiciones ideológicas). Este escritor no partió de las peores condiciones en las que pueda vivir una persona, tuvo algunas ventajas en su niñez, aunque también padeció a un padre brutal que lo maltrataba física y psicológicamente.  Pero la cuestión es que sus logros no se han debido únicamente a sus condiciones, sino principalmente a su esfuerzo.  En contraste, muchos de la misma clase, que tuvieron similares condiciones no lograron aportes o incluso se convirtieron en cargas para sus familias.

Sin embargo, es tan necio sostener que Vargas Llosa ganó el Nobel porque era de clase media, como afirmar que el contexto en el que nació no influyó en nada para la obtención de sus logros. Por supuesto que nacer en medio de una familia materna que lo protegió y lo quiso infinitamente fue determinante para convertirse en el escritor que es.  

Los contextos en los que venimos al mundo, sea el país, la ciudad o el campo, la lengua que hablamos, la educación que recibieron nuestros abuelos y padres sí influyen en nuestro destino, y cuando son extremos suelen ser determinantes. Por eso, un estudio de la OCDE calcula que en latinoamérica para que un niño salga de la pobreza deberán pasar por lo menos seis generaciones (este dato ha sido publicado el 06/12/2018  en Gestión que no puede ser acusado de diario comunista). Quizá ese dato esa sea la razón por la cual una persona que nace en una familia numerosa en el mundo rural o en zonas vulnerables en las grandes ciudades, sin acceso a la tecnología,  tiene muchas menos probabilidades de desarrollo y se verá obligado a esperar que sean sus nietos los que empiecen a dejar de ser pobres.  Por supuesto, existen ejemplos extraordinarios de superación (el gran historiador Julio C. Tello), pero una excepción es solo eso, un caso aislado que rara vez ocurre.  La concepción de la realidad social no debe construirse sobre la base de excepciones, sino de las generalidades, porque solo de esa manera podemos comprenderla mejor y realizar esfuerzos para transformarla.

Considero que es válido sentirse orgulloso de haber logrado una determinada posición por nuestro esfuerzo personal y talento, pero no hay que olvidar que las condiciones en las que nacemos son, en relación con las mayorías, muchas veces una ventaja.  Sí, aunque parezca absurdo, vivir en una ciudad en la que tienes que perder cuatro horas en la congestión, estar paranoico porque te pueden robar, donde no hay suficientes parques para que los pequeños puedan jugar y conocerse, los colegios y los hospitales no tienen condiciones mínimas, y la corrupción va desde el estudiante de colegio que dice que no hizo su tarea porque no tenía internet y miente, hasta el político que te engaña para robar, todo esto que parece un infierno, sería para muchos una gran ventaja (aunque no debiera serlo). 

Así que cuando alguien te diga que eres un privilegiado, piensa en todo aquello que has recibido solo por el hecho de nacer donde lo has hecho y poder leer o tener agua en el baño, y no te sientas ofendido. Porque haber tenido privilegios no implica, de ninguna manera, que no te estés esforzando intensamente por ser mejor.  Todo lo que has obtenido y obtendrás tendrá siempre un aporte del privilegio que recibiste, pero también mucho de tu esfuerzo.

Quizá esta reflexión nos ayude a cuestionar esa idea absurda de que los pobres son pobres porque quieren, y la otra de que todo es culpa del gobierno que no hace bien las cosas.  Solo mejoraremos cuando aprovechemos nuestros “privilegios” y le pongamos mucho esfuerzo encima.  El mundo como está es muy difícil y absurdo (kafkiano dirían mis colegas profesores), por eso quizá la única salida sea la lucha ética y ardua contra todas las adversidades.

Imagen tomada de https://nuevocronica.es/la-evolucion-del-esfuerzo-46696 

jueves, 22 de octubre de 2020

El machismo, un virus que mata

 



Por Andrés Agüero 

Una de las peores cosas que le puede ocurrir a una persona y a una sociedad es no querer mirar sus propios errores.  Por ejemplo, si digo que el Perú es pobre, y un estudiante de un colegio caro expone que él es peruano y tiene plata, esa afirmación no invalidaría la verdad de lo pobre que es nuestro país.

De la misma manera, si afirmo que el Perú es un país machista hasta el tuétano o de violadores, no es válida la afirmación de alguien que dice, pero yo no soy machista o a mí mis amigos no me violan.  Exponer esos argumentos solo contribuye a encubrir una realidad que tenemos que aceptar: como sociedad estamos muy muy enfermos, y uno de los virus que nos está matando se llama machismo.

Ese terrible virus es de una familia mucho más peligrosa que los coronavirus. Pertenece a las del prejuicio, sus parientes más cercanos son el racismo y el clasismo.  Se alimenta de la ignorancia y la ceguera, la hipocresía y el cinismo, de aquellos que niegan su existencia, porque así puede seguir acabando silenciosa y mortalmente con nosotros.

El machismo no viene de nacimiento (aunque a veces pareciera que sí), pero se pega a nuestra piel desde muy temprana edad.  Se engendra en el miedo de nuestros padres a que el niño o la niña no nos vaya a salir o maricón o machona (porque ya se sabe que para muchos es un pecado ser homosexual). 

El machismo sigue creciendo y devora nuestro sistema inmunológico social cuando los maestros nos enseñan a aguantar como machos o a mantenerse delicadas y bonitas como buenas niñas.  Se agrava cuando la tele nos dice, sin ningún pudor, que si bebes más licor entonces tendrás a mujeres más bonitas, y que si quieres tener hombres que estén dispuestos para ti, entonces tienes que mostrarte como una buena presa, lista para ser conquistada. (Y toda esa sarta de aquellos roles primitivos que tiene que ejercer el hombre y tolerar la mujer).

Por eso somos un país terriblemente machista en el que se piensa que si un hombre tiene relaciones sexuales con muchas mujeres es lo máximo; que si es un mal padre, qué se puede hacer, así son los hombres.  Pero si una mujer tiene varias parejas sexuales porque le da la gana, es una cualquiera; si sale embarazada, que se friegue porque ella sola se lo buscó (más aún si es pobre), y si la violan, seguramente le gustaba acostarse con muchos hombres y tenía demasiada vida social.

Ahora bien, muchos dirán que no piensan así, que son muy modernos y no se consideran machistas.  Pero no son la mayoría.  Si la mayoría hubiera desterrado ese pensamiento de su mente no tendríamos tantos desinformados adjetivando a activistas recalcitrantes y radicales (con las que es válido discrepar) de feminazis.  No tendríamos un abogado que utiliza como argumento la conducta personal de una chica que (para darle gusto al letrado) presuntamente ha sido violada.

Nuestro país es un enfermo casi terminal, un diabético que gusta de gaseosa y golosinas, un obeso mórbido que no quiere hacer dieta y prefiere las hamburguesas y el pollo frito, es un o una machista que no quiere aceptar que su ideología mata, viola y frustra el proyecto de vida de sus madres, sus hermanas y sus propias hijas.

Sí, el Perú, como diría Gonzales Prada hace más de cien años, sigue siendo un cuerpo putrefacto, donde pones el dedo salta la pus.  Por eso, cuando tu hija tiene que caminar por un bus repleto, te fijas que ningún depravado le vaya a meter la mano; cuando tiene que tomar un taxi, prefieres que no vaya sola o le pides con insistencia que te mande su ubicación; cuando va a salir a una fiesta, le avisas que tenga cuidado con las bebidas y los amigos.  Por supuesto, también cuidas a tus hijos hombres, pero no tienes el mismo miedo recorriéndote el estómago o las vísceras cuando el reloj marca la hora en que te dijo que llegaría y no tienes noticias suyas.

Por eso, recuerda que el machismo no es solo una broma que le juegas a una amiga, está en el lenguaje, en la manera en que tu papá trata a tu mamá, en las diferencias que hay entre tú y tu hermana, en cómo te comportas con tu enamorada, en la manera en que te refieres a la sexualidad de tus amigas o conocidas. 

Y aunque te parezca increíble el virus del machismo agrava la enfermedad en nuestro mundo.  Debido a eso también engendra redes de prostitución, trata de blancas, la violación de un señorito de un buen colegio que puede pagar un buen abogado para que lo defienda, la muchacha a la que matan y entierran en una fosa después de haber salido por televisión, la chica a la que violan en una fiesta porque tenía una vida social activa.  

Y aunque la furia, la cólera y la indignación son naturales frente al machismo, creo que no deben ser el abono de nuestras acciones, porque no debemos convertirnos en aquello que pretendemos derrotar.  Por ello, hay que ser pacientes, pero vigilantes. Y en el caso que recientemente se ha conocido, los acusados de violación deben ser juzgados con el debido proceso, tener el derecho de defenderse y la sala que los juzgue, de encontrarlos culpables, aplicarles la severa sanción que les correspondería.  Es lo que pedimos quienes aspiramos a vivir en un mundo civilizado.

Solo de esa manera avanzaremos un pequeño paso hacia una sociedad donde las personas no se vean disminuidas por su sexo, género, religión, posición social, apariencia física o idioma. Así, con pequeños pasos llenos de paciencia, firmeza y paz aspiraremos a convivir algún día en un lugar menos injusto.


Fuente de la imagen: https://images.app.goo.gl/7MXmKGVeyHbUe22Z9 

domingo, 11 de octubre de 2020

Las Cantuta, las palabras y un Perú nuevo

 Por Andrés Agüero


Cuando tenía dieciocho años descubrí la magia de la literatura (magia que hasta ahora me sigue asombrando como la primera vez) gracias a una universidad de pobres, quizá una de las más pobres, La Cantuta.  Como buen hogar de pobre no sobraban los lujos, y las cosas andaban y andan todavía un poco complicadas (quienes hemos mordido la pobreza sabemos que siempre cuesta llegar a fin de mes).

Pero debo agradecer que, a pesar de todas las adversidades, me ofreció, sin pedir nada a cambio, su corazón inmenso e inmortal que late y latirá para siempre en mi sangre. Hizo lo mismo con sus palabras que quedarán en mi memoria y también en mi corazón (especialmente las clases de las profesoras Vela, Idrogo y Guzmán de Lama y las de los profesores Córdova, Jurado y Morón).

Pero la juventud es estúpida muchas veces y yo fui la confirmación de ese proverbio. Recuerdo ahora con vergüenza la insatisfacción que sentía de no estar en otro lugar donde pudiera aprender más, también la sensación de que las cosas no se hacían bien en la Universidad. Creo que fui un hijo malcriado y malagradecido. No porque todo fuera bonito ahí, sino porque no entendía que ella me estaba dando lo que buenamente podía y que esas serían las lecciones que me acompañarían en los casi diez años que he ejercido como profesor.

Creo que en esas épocas me perdí a mí mismo (ese extravío me duraría muchos años más y me costaría grandes pérdidas y dolores).  Sé ahora que malentendí las lecciones que leía en los libros y me hice envejecer innecesariamente.  Apagué mis deseos de cambiar el mundo, de quejarme en voz alta, me dediqué a la queja muda, la cólera inútil, la resignación, como si ya no tuviera tiempo ni fuerzas para resistirme a la vida. No pude llegar armado de la ardiente paciencia a las espléndidas ciudades llevando la luz de ninguna nueva esperanza.

Los libros fueron la bohemia que me cobijó y me ayudaban a soportar lo absurdo e inútil que me parecía estudiar y vivir.  Y en la bohemia se fueron los libros que soñaba escribir, pero que nunca vieron la tinta y el papel.

Ahora, al cabo de varios años creo que esa resignación era un síntoma de mi falta de valor.  Pienso que en el fondo lo que me paralizaba era el miedo y la cobardía de sentirme fracasar.  Entonces, para cubrir mi poquedad elegí el discurso que hoy escucho a muchos jóvenes: “todo me llega”, “el mundo es una desgracia”, “nuestro país nunca va a cambiar”, “nadie puede hacer nada contra el sistema”, “para qué, si todas las revoluciones han fracasado”, y muchas frases de ese tipo que hoy sé que eran, son y serán mentira.

Y niego la verdad de esas máximas que ahora están mucho más de moda y parecen verdades incuestionables porque hay pruebas de que las cosas están mal, pero que han cambiado para mejor. 

Lo sé porque cuando estaba en el colegio muchos padres de mis compañeros no creían que fuera tan importante que sus hijos siguieran estudios técnicos o universitarios.  Hoy esos compañeros que se sentaban conmigo, en las carpetas viejas y sin espaldar, tienen plena convicción de que sus hijas e hijos deben estudiar para tener mayores posibilidades de desarrollo.

Sé que es mentira que las cosas no van a mejorar porque la violencia contra las mujeres, que estaba normalizada cuando era chico, es un escándalo y ya a muy poca gente se le ocurre estar de acuerdo en voz alta con que un hombre golpee a una mujer.  Por supuesto, la lacra del machismo sigue incrustada en nuestras estructuras mentales y sociales, por eso tanto ignorante utiliza sin darse cuenta de la dimensión del insulto la palabra femiNAZI tan alegremente.  (Debieran leer un poco del nazismo o las novelas de la resistencia alemana para que entiendan la barbarie qué implicó el nazismo para el pueblo alemán y para el mundo).

Estoy consciente de que las cosas han mejorado porque hoy se entiende, cada día más, que no está bien golpear a los niños, que no es la mejor forma de educar.  Por supuesto, todavía mucha gente que pertenece a la generación de mis padres, e incluso a la mía, sostiene que vivían en un mejor país que el actual, porque a ellos los golpeaban.  Pero eso es mentira, durante los ochenta y los noventa había más analfabetismo, más anemia, menos agua potable, menos viviendas de material noble para pobres, más violencia contra las mujeres, más tolerancia a la corrupción, menos posibilidad de hablar desde la derecha (que siempre me será visceralmente esquiva) o la izquierda.

A nuestro país le falta mucho. Todavía debe entender que no tienen que ganar siempre los pillos, que no funciona bien la política del vivo, que hay que respetar las reglas, que hay que leer más libros al año, que hay que aprender más matemáticas desde niños, que la historia es necesaria para que no nos engañen los ladrones.

Pero desde la experiencia les digo que la mejor forma de ser cómplices de los malos peruanos, de las malas personas es resignándonos, creyendo que nada va a cambiar.  Cuando asumes ese discurso, entonces les dejas el camino libre, entonces te vuelves el colaborador no solo de las malas personas, sino de las peores.

Por eso me duele especialmente cuando leo las publicaciones de quienes fueron mis estudiantes con discursos en los que puedo percibir ese desgano de ser agentes de cambio, esa resignación que los hace esperar con gran ansiedad terminar su universidad para conseguir un buen trabajo y ganar dinero sin que nada más importe.  No los critico porque me pasó lo mismo, pero creo que no era necesario vivir de esa manera.  Considero que podemos hacer más resistiéndonos, quejándonos en voz alta, denunciando lo que no está bien para que otros también se muestren inconformes.

No quiero dar una lección a nadie, tampoco soy ni pretendo ser ejemplo.  Solo me gustaría que te preguntes si puedes hacer algo por tu gente, por los que no han tenido tus posibilidades, las que sufren violencia y acoso, los que padecen hambre, las que no pueden estudiar desde una computadora, un iphone o un smartphone, los que no pueden pagar la pensión de su universidad o instituto de pobre, los que no pudieron dar su examen de admisión porque no tenían computadora.

A veces la voz es lo único que tenemos, entonces es momento de que la palabra deje de ser desprecio y vaguedad, es momento de que se convierta en acción, como diría un viejo maestro (al que parafraseo a pesar de mi agnosticismo) que el espíritu se vuelva verbo y que el verbo de tu palabra habite entre toda la gran masa de personas que lo necesita para empezar a soñar y construir un Perú nuevo.

Un profesor solo con su palabra.

sábado, 3 de octubre de 2020

La ominosa cadena arrastró, un examen de admisión y el feriado robado





Por Andrés Agüero


Cuando era chico y estaba en el colegio siempre me llamó a la atención que cantáramos eso de la ominosa cadena arrastró.  Por supuesto, no sabía muy bien qué significaba la palabra ominosa.  Recuerdo que la busqué en un diccionario viejo que tenía y encontré algo así como “vergonzoso”, aunque la definición de la Academia es más dura: “abominable o despreciable”.

Por eso siempre me causaba un sabor feo el tener que cantar todos los días en la formación del patio lo de la “vergonzosa cadena” que tenía que arrastrar.  Yo pensaba que solo eran palabras, que no tendrían ninguna importancia en la vida de ninguno de los chicos que formábamos en el patio de mi colegio estatal. Pero, al parecer, me he equivocado rotundamente.

Esa frase del viejo himno sí que nos ha dejado una horrible lección marcada en la piel y con sabor a trauma.  Eso de la “ominosa cadena arrastró” era solo la punta del iceberg. Porque esa cadena la vivías todos los días en las clases a las cuales llegaba un profesor y copiaba en la pizarra lo que debías anotar en tu cuaderno y repetir para tu examen.  La cadena se convertía en el palo o la correa que los padres y los profesores utilizaban contra los estudiantes más rebeldes.  Esa cadena debía ser mordaza cuando criticabas que las clases fueran aburridas o absurdas repeticiones que no te servirían de mucho en la vida. 

Sin embargo, lo peor no eran las correas, los palos o el abuso generalizado, sino que en el colegio nos enseñaron a callar, a aceptar la “ominosa cadena”. Porque, al fin y al cabo, los golpes pasan, las marcas se borran, cuando te haces grande ya no te pueden pegar sin motivo o con él.  Pero lo que te queda es la memoria de tener que quedarte callado.  La memoria de no haber sido respetado.

Quizá por eso, cuando un político roba nos callamos; cuando un policía le pide una coima al chofer de la combi, nos callamos (todos los que hemos viajado en Lima sabemos lo ladrones que pueden ser muchos policías); cuando alguien plagia en un examen, no decimos nada; cuando tu compañero de trabajo o de grupo te pide hacer una mediocridad, accedes.

Muchos dirán que el país es así y no lo vamos a cambiar, que el mundo es injusto y tenemos que acostumbrarnos.  Esos mismos nos han enseñado la lección que de nada vale enfrentarse porque el sistema te golpea duro con un palo y duro (ya lo escribió Vallejo hace tanto). Y saben, al cabo de los años, creo que tienen razón.  Que no se puede nada contra el sistema, que mi generación y la que pasó ha sido incapaz de gestar un cambio, que nacimos niños, pero envejecimos sin juventud, sin rebelarnos, sin intentar si quiera cambiar nada. 

Por eso soportamos tan callados las miserias de Fujimori y su descendencia, las de Toledo (que ni siquiera pudo reconocer con valor a su hija); las de Humala, que tembló de miedo ante su esposa y la Confiep; las de Alan García que nos gobernó dos veces con sabor a ratero y desprecio; las de PPK, que vivió negociando como en los peores latrocinios de Piérola.  

Quizá por eso ser profesor ha sido para mí una especie de refugio contra la vida.  Porque siempre he creído que los chicos en el colegio pueden aprender nuevos valores.  Por eso, durante casi una década no he perdido la fe en que enseñar comunicación, literatura y democracia es una de las formas de enseñarles a que se rebelen, a que no callen nunca lo que piensan.  Por eso, quizá siempre me ha dolido más su silencio que sus opiniones que me contradecían o me llevaban al suspiro exasperado.

Sé que como persona y profesional no soy perfecto, pero si hay algo de lo que estoy convencido es que mis estudiantes serán mejores que yo, que nunca se quedarán callados.  Quizá porque ellos han crecido y seguirán creciendo con menos miedo que yo.

No puedo negarlo, los años de la infancia, la violencia del colegio y de la sociedad en la que crecí me domesticaron.  He aprendido a callarme y acomodarme en la vida, a sobrevivir. He transigido a frases como “no preguntes tanto porque tus compañeros de salón se pueden molestar” o “tu jefa se puede incomodar si le dices que lo que está haciendo es injusto”.  Y como me he acostumbrado me he vuelto un animal domesticado y dócil, como muchos de mis compañeros de generación (debo admitir que existen honrosas excepciones).

Por eso, queridos estudiantes, ustedes sí protestarán cuando una universidad pública (de las que se pagan con los impuestos de todos) les diga que no tiene derecho a dar un examen de admisión porque son pobres y no tienen internet ni computadora.  Por eso, sí se levantarán cuando un presidente, que dice que respeta la Constitución y la ley, la vulnere quitándoles un feriado a los trabajadores sin considerar que una ley no la puede cambiar solo con un decreto de urgencia.  Por eso, ustedes sí elevarán su voz cuando la injusticia campee y la ignorancia hecha pandilla congresal o jauría de empresarios intente saquear el presente y el futuro. 

Para ese momento, ustedes sabrán un poco más de sus derechos, habrán aprendido que no deben de callar, que no tienen ninguna “ominosa cadena que arrastrar”, que son libres e iguales y que merecen las mismas oportunidades para hacerse de una vida digna.  Mientras, los animales dóciles seguiremos arrastrando la ominosa cadena.

 

Atentamente,

Un dócil animal


Fuente de la imagen: https://images.app.goo.gl/v8AfuvC7yFjZ7iKY9  


martes, 24 de julio de 2018

LA ESCUELA DE 1984 O LA GRAN ESTAFA

Imagen tomada de
https://guillaumemorellec.com/1984-george-orwell

… ¿un hombre cómo afirma su poder sobre otro?
Winston contestó, después de pensarlo un poco:
-Haciendo que sufra.

George Orwell


La novela de Orwell 1984 es una pesadilla posible. Pertenece a la especie de las novelas distópicas y nos muestra en qué podrían haberse convertido los regímenes dictatoriales con sesgos comunistas. Sociedades en las que todas las personas serían vigiladas a través de cámaras no solo en ámbitos públicos, sino incluso en los más íntimos, con el objetivo de controlar los pensamientos y los deseos de los individuos a través de una policía del pensamiento que atraparía siempre a los crimentales, aquellos rebeldes que no aceptan en su fuero esencial que el Gran Hermano, dirigente único y omnipotente del Estado, es perfecto y eterno.  El contexto que Orwell diseña para 1984 es el de una sociedad en que la historia se maneja según la conveniencia de las clases dirigentes utilizando la publicidad asfixiante para poder eliminar individuos e inclusive parte de la historia.

El personaje principal, Winston Smith, desde el principio de la historia busca la forma de enfrentarse al sistema.  Durante el decurso de la novela Smith es captado por una organización secreta que, en apariencia, tiene objetivos comunes a los suyos.  Cuando Winston empieza a adquirir alguna esperanza de realizar acciones revolucionarias es atrapado por la persona que lo captó para la organización secreta y se le revela que no existe ninguna conspiración contra el Gran Hermano, que en verdad la organización conspirativa es una invención para atrapar a los crimentales,  tal y como le ha sucedido a Smith, que luego será torturado y obligado a cambiar su pensamiento en favor de los ideales de la sociedad en la que está atrapado y condenado a desaparecer para siempre. 

El apéndice de 1984, que merece un tratamiento aparte, expone la posibilidad de simplificar el idioma a su más rudimentaria expresión, vaciándolo de sinónimos y diferencias sutiles entre palabras con la única finalidad de evitar que las personas conciban pensamientos políticos en contra de los ideales del Gran Hermano.  Proyecto basado en la idea de que el lenguaje es el instrumento del pensar, y que si este es rudimentario y pobre, el pensamiento tendrá el mismo nivel y, por lo tanto, será imposible cualquier intento de cambio.

En esta novela es clave entender la dinámica del poder.  Una organización que busca destruir el ser de los individuos a través del control de los medios de comunicación, la tortura física, psicológica y la manipulación de la historia.  Quien lea la novela puede comprobar que muchos de los mecanismos que Orwell describe en 1984 están presentes en nuestra realidad: los medios controlados y que conducen a las personas a figurarse una realidad que muchas veces dista de lo que en verdad ocurre, la manipulación de las emociones de rabia y cólera para utilizar a la masa en función de intereses subalternos y soterrados, la idea de que solo un mesianismo salvará a nuestras sociedades y, además, la desesperanza generalizada.  Es cierto que en nuestro país no hay una dictadura comunista sangrienta, como lo hubiera querido el delincuencial grupo terrorista Sendero Luminoso; pero no deberíamos dejar de reflexionar acerca de cómo muchos de los mecanismos que esta horda hubiera utilizado en una administración estatal son aplicados con complacencia y efectividad por las clases que dirigen la política económica y social de nuestro país.  El control que ejercen sobre las masas valiéndose de redes sociales, televisión, radio, música con mensajes que implican sexualidad insana, consumo y poder, y mucho otras formas es increíble.  Sin embargo, existe una maquinaria camuflada entre todas y que es quizá la más efectiva e importante: la escuela pública y privada.

Con muchas diferencias entre ellas, la educación pública y la privada suele tener un componente que las hace únicas y similares a la de 1984: la sensación de tener que obedecer a un programa que no es elegido ni creado por quienes participan de ella. Un primer ejemplo de lo que sostenemos lo podemos observar en los profesores que en su labor diaria suelen tener predeterminado aquello que deben de enseñar.  El maestro de la escuela estatal, por ejemplo, no solo se enfrenta con la burocracia pedagógica que le pide que invierta un tiempo, que no se le retribuye económicamente, en redactar papeles que rara vez se aplican; sino también se enfrenta a los padres que muchas veces esperan que el maestro repita el modelo que ellos utilizaron cuando eran escolares y que suelen rechazar algún intento de innovación propuesto por algún maestro solitario.  El docente de la escuela privada (que en muchos casos no es docente de profesión, sino algún profesional o estudiante universitario con estudios truncos que no tuvo preparación de pedagogía y que debido a su capacidad de empatía y su experiencia ha logrado destreza en el arte de enseñar) se encuentra sometido a programas que en su mayoría son plagios poco lúcidos de sistemas preuniversitarios que tienen más de veinte años de no cambiar y que han demostrado un fracaso rotundo.  Pero el sistema está tan sutilmente enrevesado que las propuestas de cambio, cuando no son planteadas con inteligencia estratégica, suelen fracasar, por la indiferencia, la falta de aliados y también por el abandono de quien las inicia.

En el otro polo tenemos a los estudiantes que llegan al colegio cada año, semana y día acostumbrados a no cuestionar, a no preguntar por qué tenemos que aprender esto que probablemente no nos sirva para nada.  El maestro, lejos de alentar esa disconformidad y el debate sobre esos asuntos se convierte en el policía del pensamiento y tiene que prepararse para reprimir a los estudiantes disconformes, debe de justificar un sistema de contenidos sobre los cuales rara vez ha reflexionado, y si lo ha hecho, ha llegado a la conclusión de que es imposible cambiarlos, porque la costumbre de las mayorías y el poder de los dueños y los administradores del negocio lo aplastará como al buen Smith orwelliano o como al insecto Gregorio de Kafka.  Esto como consecuencia genera a personas que no reflexionan sobre la calidad de aquello que están consumiendo, que no caen en la cuenta de que después de todo el tiempo y el dinero invertido (trece años de sus vidas en el sistema escolar) son incapaces de escribir un artículo de opinión, colocar tildes correctamente, leer un libro por placer, interpretar problemas matemáticos, realizar un plan financiero, utilizar responsablemente los recursos de los que disponemos, crear nuevas soluciones que permitan mermar nuestro consumo, convivir pacífica y ordenadamente, conseguir un trabajo que nos permita, a la mayoría de ciudadanos, vivir con dignidad sobre la base de nuestro esfuerzo.  Es decir, que vamos a la escuela para aprender en qué ciudad nació Shakespeare, pero no podemos entender cómo debemos hacer para no traicionarnos entre familiares y amigos como le ocurre la familia de Hamlet.  La educación resulta entonces una estafa total que edifica un país de hombres pobres y de pobres hombres. 

El tercer actor que es la familia no tiene, en la mayoría de casos, ni idea de qué exigir a la escuela.  Cuando uno compra un par de zapatos entiende que existen algunos estándares como el material del que está hecho, el tiempo de vida útil, la flexibilidad de los materiales, el diseño, e invierte sus recursos a cambio de recibir un producto que se ajuste a sus requerimientos.  Pero cuando los padres envían a las escuelas a sus hijos, en muchos casos, no tienen ni idea de qué es lo que los estudiantes necesitan aprender.  Se encuentran desorientados y ante esa situación recurren al modelo que ellos tienen fijo en sus mentes: la escuela más o menos tradicional, la misma que le causó a la gran mayoría infelicidad y frustración.  Así los padres se convierten en agentes del Gran Hermano y perpetúan el modelo de la estafa.

El cuarto actor de esta tragedia es la escuela pública y la empresa privada que gestiona la educación.  Ambas son organizaciones que buscan contentar a sus usuarios o clientes.  Y si estos no están preparados para los cambios resulta muy riesgoso modificar programas y métodos de enseñanza.  Entonces, para evitar el tedio y el riesgo perpetúan aquello que ya saben hacer.  De esta manera todos los agentes educativos nos encontramos en una camisa de fuerza que nos hace profundamente infelices y sumisos, que destruye nuestra esperanza y nuestras ansias de soñar.  Por eso no es raro ingresar a un salón de clases y preguntar a los estudiantes si se puede acabar con la corrupción y encontrar que la mayoría de las respuestas pasan por la desesperanza o la violencia (hay que matar a los corruptos) como si matando personas fuéramos a quedar solo los buenos y no los asesinos. 

Ante esta situación apocalíptica queda o la lágrima o la acción, y prefiero la segunda.  Si hay algo que he aprendido de mis colegas en estos cuatro años que he trabajado en la misma institución es que los cambios son posibles pero que son procesos de largo aliento y que implican un cambio personal de cada uno de los agentes que intervenimos en ellos.  Tenemos que cambiarnos a nostros y entre nosotros mismos los profesores, estudiantes, padres de familia, directivos y accionistas de las empresas implicadas en educación.  Además, es importante comprender que las modificaciones toman un tiempo bastante largo y hay que armarse de la ardiente paciencia.  Asimismo, estas no las produce la inercia, las realizamos cada uno de nosotros y la salida es la innovación.  Es urgente entender que las cosas van muy mal, pero que tenemos pequeños espacios en los que podemos tocar las mentes de nuestros estudiantes, fomentar que ellos debatan, podemos preguntarles si los materiales educativos son el fin o el medio, cuestionar con ellos qué ocurriría si no se rellena todo el libro, inquirir acerca de qué y cómo es que necesitan aprender.  Crear el clima que les permita comprender que ellos tienen una voz, que sus opiniones deben ser escuchadas y respetadas, que una clase no pasa por escribir en la pizarra y que los estudiantes copien.  También preguntar si estaría bien permitir el desorden, la irresponsabilidad, el irrespeto y el caos.  Debemos dejar (me incluyo en este grupo) de imponer dictaduras y someter el pensamiento y las habilidades de nuestros estudiantes a nuestra voluntad, más aún si nosotros mismos como docentes no estamos convencidos de lo conveniente de los regímenes pedagógicos totalitarios.

Las preguntas reflexivas, los análisis de imágenes, la creación de programas individuales de autoaprendizaje por parte de cada uno de nuestros estudiantes, el cuestionamiento del sistema educativo en cada escuela, la incertidumbre y la construcción de un nuevo camino para cada uno de los ciudadanos de este mundo, es quizá una de las sendas que debe de seguir la educación.   Sé que es difícil, casi utópico lograrlo, pero no tiene que intentar cambiar todo el colegio, ni siquiera todo un salón, basta empezar con pocos estudiantes, con aquellos que estén interesados en hacer algo distinto.  Trabaje con ellos, arrójeles propuestas para que aprendan por sí mismos, comente los libros que está leyendo, pida sus opiniones en clase, dele más tiempo al diálogo.  Téngase paciencia a usted mismo.  Si no es compasivo con usted, no podrá ser paciente con sus estudiantes.  Poco a poco, no crea que todo está perdido, cuando uno menos lo espera encuentra el lugar y las personas que lo apoyen (me ha ocurrido en estos cuatro últimos años de trabajo). 

Por último, es importante no dejarnos abatir por lo titánico y casi imposible de la tarea.  Es nuestro rol social y nuestra acción de amor hacia quienes vienen después de nosotros.  Porque si seguimos repitiendo el modelo de infelicidad y sufrimiento según el cual está diseñado la escuela no tardaremos mucho en alcanzar la pesadilla de Orwell.  Lea la novela y siga imaginando cómo empezará sus clases al regreso de las vacaciones. 

Felices Fiestas Patrias

PD. Cuando cambiemos la escuela empezaremos a luchar contra la lamentable corrupción.