jueves, 22 de octubre de 2020

El machismo, un virus que mata

 



Por Andrés Agüero 

Una de las peores cosas que le puede ocurrir a una persona y a una sociedad es no querer mirar sus propios errores.  Por ejemplo, si digo que el Perú es pobre, y un estudiante de un colegio caro expone que él es peruano y tiene plata, esa afirmación no invalidaría la verdad de lo pobre que es nuestro país.

De la misma manera, si afirmo que el Perú es un país machista hasta el tuétano o de violadores, no es válida la afirmación de alguien que dice, pero yo no soy machista o a mí mis amigos no me violan.  Exponer esos argumentos solo contribuye a encubrir una realidad que tenemos que aceptar: como sociedad estamos muy muy enfermos, y uno de los virus que nos está matando se llama machismo.

Ese terrible virus es de una familia mucho más peligrosa que los coronavirus. Pertenece a las del prejuicio, sus parientes más cercanos son el racismo y el clasismo.  Se alimenta de la ignorancia y la ceguera, la hipocresía y el cinismo, de aquellos que niegan su existencia, porque así puede seguir acabando silenciosa y mortalmente con nosotros.

El machismo no viene de nacimiento (aunque a veces pareciera que sí), pero se pega a nuestra piel desde muy temprana edad.  Se engendra en el miedo de nuestros padres a que el niño o la niña no nos vaya a salir o maricón o machona (porque ya se sabe que para muchos es un pecado ser homosexual). 

El machismo sigue creciendo y devora nuestro sistema inmunológico social cuando los maestros nos enseñan a aguantar como machos o a mantenerse delicadas y bonitas como buenas niñas.  Se agrava cuando la tele nos dice, sin ningún pudor, que si bebes más licor entonces tendrás a mujeres más bonitas, y que si quieres tener hombres que estén dispuestos para ti, entonces tienes que mostrarte como una buena presa, lista para ser conquistada. (Y toda esa sarta de aquellos roles primitivos que tiene que ejercer el hombre y tolerar la mujer).

Por eso somos un país terriblemente machista en el que se piensa que si un hombre tiene relaciones sexuales con muchas mujeres es lo máximo; que si es un mal padre, qué se puede hacer, así son los hombres.  Pero si una mujer tiene varias parejas sexuales porque le da la gana, es una cualquiera; si sale embarazada, que se friegue porque ella sola se lo buscó (más aún si es pobre), y si la violan, seguramente le gustaba acostarse con muchos hombres y tenía demasiada vida social.

Ahora bien, muchos dirán que no piensan así, que son muy modernos y no se consideran machistas.  Pero no son la mayoría.  Si la mayoría hubiera desterrado ese pensamiento de su mente no tendríamos tantos desinformados adjetivando a activistas recalcitrantes y radicales (con las que es válido discrepar) de feminazis.  No tendríamos un abogado que utiliza como argumento la conducta personal de una chica que (para darle gusto al letrado) presuntamente ha sido violada.

Nuestro país es un enfermo casi terminal, un diabético que gusta de gaseosa y golosinas, un obeso mórbido que no quiere hacer dieta y prefiere las hamburguesas y el pollo frito, es un o una machista que no quiere aceptar que su ideología mata, viola y frustra el proyecto de vida de sus madres, sus hermanas y sus propias hijas.

Sí, el Perú, como diría Gonzales Prada hace más de cien años, sigue siendo un cuerpo putrefacto, donde pones el dedo salta la pus.  Por eso, cuando tu hija tiene que caminar por un bus repleto, te fijas que ningún depravado le vaya a meter la mano; cuando tiene que tomar un taxi, prefieres que no vaya sola o le pides con insistencia que te mande su ubicación; cuando va a salir a una fiesta, le avisas que tenga cuidado con las bebidas y los amigos.  Por supuesto, también cuidas a tus hijos hombres, pero no tienes el mismo miedo recorriéndote el estómago o las vísceras cuando el reloj marca la hora en que te dijo que llegaría y no tienes noticias suyas.

Por eso, recuerda que el machismo no es solo una broma que le juegas a una amiga, está en el lenguaje, en la manera en que tu papá trata a tu mamá, en las diferencias que hay entre tú y tu hermana, en cómo te comportas con tu enamorada, en la manera en que te refieres a la sexualidad de tus amigas o conocidas. 

Y aunque te parezca increíble el virus del machismo agrava la enfermedad en nuestro mundo.  Debido a eso también engendra redes de prostitución, trata de blancas, la violación de un señorito de un buen colegio que puede pagar un buen abogado para que lo defienda, la muchacha a la que matan y entierran en una fosa después de haber salido por televisión, la chica a la que violan en una fiesta porque tenía una vida social activa.  

Y aunque la furia, la cólera y la indignación son naturales frente al machismo, creo que no deben ser el abono de nuestras acciones, porque no debemos convertirnos en aquello que pretendemos derrotar.  Por ello, hay que ser pacientes, pero vigilantes. Y en el caso que recientemente se ha conocido, los acusados de violación deben ser juzgados con el debido proceso, tener el derecho de defenderse y la sala que los juzgue, de encontrarlos culpables, aplicarles la severa sanción que les correspondería.  Es lo que pedimos quienes aspiramos a vivir en un mundo civilizado.

Solo de esa manera avanzaremos un pequeño paso hacia una sociedad donde las personas no se vean disminuidas por su sexo, género, religión, posición social, apariencia física o idioma. Así, con pequeños pasos llenos de paciencia, firmeza y paz aspiraremos a convivir algún día en un lugar menos injusto.


Fuente de la imagen: https://images.app.goo.gl/7MXmKGVeyHbUe22Z9 

domingo, 11 de octubre de 2020

Las Cantuta, las palabras y un Perú nuevo

 Por Andrés Agüero


Cuando tenía dieciocho años descubrí la magia de la literatura (magia que hasta ahora me sigue asombrando como la primera vez) gracias a una universidad de pobres, quizá una de las más pobres, La Cantuta.  Como buen hogar de pobre no sobraban los lujos, y las cosas andaban y andan todavía un poco complicadas (quienes hemos mordido la pobreza sabemos que siempre cuesta llegar a fin de mes).

Pero debo agradecer que, a pesar de todas las adversidades, me ofreció, sin pedir nada a cambio, su corazón inmenso e inmortal que late y latirá para siempre en mi sangre. Hizo lo mismo con sus palabras que quedarán en mi memoria y también en mi corazón (especialmente las clases de las profesoras Vela, Idrogo y Guzmán de Lama y las de los profesores Córdova, Jurado y Morón).

Pero la juventud es estúpida muchas veces y yo fui la confirmación de ese proverbio. Recuerdo ahora con vergüenza la insatisfacción que sentía de no estar en otro lugar donde pudiera aprender más, también la sensación de que las cosas no se hacían bien en la Universidad. Creo que fui un hijo malcriado y malagradecido. No porque todo fuera bonito ahí, sino porque no entendía que ella me estaba dando lo que buenamente podía y que esas serían las lecciones que me acompañarían en los casi diez años que he ejercido como profesor.

Creo que en esas épocas me perdí a mí mismo (ese extravío me duraría muchos años más y me costaría grandes pérdidas y dolores).  Sé ahora que malentendí las lecciones que leía en los libros y me hice envejecer innecesariamente.  Apagué mis deseos de cambiar el mundo, de quejarme en voz alta, me dediqué a la queja muda, la cólera inútil, la resignación, como si ya no tuviera tiempo ni fuerzas para resistirme a la vida. No pude llegar armado de la ardiente paciencia a las espléndidas ciudades llevando la luz de ninguna nueva esperanza.

Los libros fueron la bohemia que me cobijó y me ayudaban a soportar lo absurdo e inútil que me parecía estudiar y vivir.  Y en la bohemia se fueron los libros que soñaba escribir, pero que nunca vieron la tinta y el papel.

Ahora, al cabo de varios años creo que esa resignación era un síntoma de mi falta de valor.  Pienso que en el fondo lo que me paralizaba era el miedo y la cobardía de sentirme fracasar.  Entonces, para cubrir mi poquedad elegí el discurso que hoy escucho a muchos jóvenes: “todo me llega”, “el mundo es una desgracia”, “nuestro país nunca va a cambiar”, “nadie puede hacer nada contra el sistema”, “para qué, si todas las revoluciones han fracasado”, y muchas frases de ese tipo que hoy sé que eran, son y serán mentira.

Y niego la verdad de esas máximas que ahora están mucho más de moda y parecen verdades incuestionables porque hay pruebas de que las cosas están mal, pero que han cambiado para mejor. 

Lo sé porque cuando estaba en el colegio muchos padres de mis compañeros no creían que fuera tan importante que sus hijos siguieran estudios técnicos o universitarios.  Hoy esos compañeros que se sentaban conmigo, en las carpetas viejas y sin espaldar, tienen plena convicción de que sus hijas e hijos deben estudiar para tener mayores posibilidades de desarrollo.

Sé que es mentira que las cosas no van a mejorar porque la violencia contra las mujeres, que estaba normalizada cuando era chico, es un escándalo y ya a muy poca gente se le ocurre estar de acuerdo en voz alta con que un hombre golpee a una mujer.  Por supuesto, la lacra del machismo sigue incrustada en nuestras estructuras mentales y sociales, por eso tanto ignorante utiliza sin darse cuenta de la dimensión del insulto la palabra femiNAZI tan alegremente.  (Debieran leer un poco del nazismo o las novelas de la resistencia alemana para que entiendan la barbarie qué implicó el nazismo para el pueblo alemán y para el mundo).

Estoy consciente de que las cosas han mejorado porque hoy se entiende, cada día más, que no está bien golpear a los niños, que no es la mejor forma de educar.  Por supuesto, todavía mucha gente que pertenece a la generación de mis padres, e incluso a la mía, sostiene que vivían en un mejor país que el actual, porque a ellos los golpeaban.  Pero eso es mentira, durante los ochenta y los noventa había más analfabetismo, más anemia, menos agua potable, menos viviendas de material noble para pobres, más violencia contra las mujeres, más tolerancia a la corrupción, menos posibilidad de hablar desde la derecha (que siempre me será visceralmente esquiva) o la izquierda.

A nuestro país le falta mucho. Todavía debe entender que no tienen que ganar siempre los pillos, que no funciona bien la política del vivo, que hay que respetar las reglas, que hay que leer más libros al año, que hay que aprender más matemáticas desde niños, que la historia es necesaria para que no nos engañen los ladrones.

Pero desde la experiencia les digo que la mejor forma de ser cómplices de los malos peruanos, de las malas personas es resignándonos, creyendo que nada va a cambiar.  Cuando asumes ese discurso, entonces les dejas el camino libre, entonces te vuelves el colaborador no solo de las malas personas, sino de las peores.

Por eso me duele especialmente cuando leo las publicaciones de quienes fueron mis estudiantes con discursos en los que puedo percibir ese desgano de ser agentes de cambio, esa resignación que los hace esperar con gran ansiedad terminar su universidad para conseguir un buen trabajo y ganar dinero sin que nada más importe.  No los critico porque me pasó lo mismo, pero creo que no era necesario vivir de esa manera.  Considero que podemos hacer más resistiéndonos, quejándonos en voz alta, denunciando lo que no está bien para que otros también se muestren inconformes.

No quiero dar una lección a nadie, tampoco soy ni pretendo ser ejemplo.  Solo me gustaría que te preguntes si puedes hacer algo por tu gente, por los que no han tenido tus posibilidades, las que sufren violencia y acoso, los que padecen hambre, las que no pueden estudiar desde una computadora, un iphone o un smartphone, los que no pueden pagar la pensión de su universidad o instituto de pobre, los que no pudieron dar su examen de admisión porque no tenían computadora.

A veces la voz es lo único que tenemos, entonces es momento de que la palabra deje de ser desprecio y vaguedad, es momento de que se convierta en acción, como diría un viejo maestro (al que parafraseo a pesar de mi agnosticismo) que el espíritu se vuelva verbo y que el verbo de tu palabra habite entre toda la gran masa de personas que lo necesita para empezar a soñar y construir un Perú nuevo.

Un profesor solo con su palabra.

sábado, 3 de octubre de 2020

La ominosa cadena arrastró, un examen de admisión y el feriado robado





Por Andrés Agüero


Cuando era chico y estaba en el colegio siempre me llamó a la atención que cantáramos eso de la ominosa cadena arrastró.  Por supuesto, no sabía muy bien qué significaba la palabra ominosa.  Recuerdo que la busqué en un diccionario viejo que tenía y encontré algo así como “vergonzoso”, aunque la definición de la Academia es más dura: “abominable o despreciable”.

Por eso siempre me causaba un sabor feo el tener que cantar todos los días en la formación del patio lo de la “vergonzosa cadena” que tenía que arrastrar.  Yo pensaba que solo eran palabras, que no tendrían ninguna importancia en la vida de ninguno de los chicos que formábamos en el patio de mi colegio estatal. Pero, al parecer, me he equivocado rotundamente.

Esa frase del viejo himno sí que nos ha dejado una horrible lección marcada en la piel y con sabor a trauma.  Eso de la “ominosa cadena arrastró” era solo la punta del iceberg. Porque esa cadena la vivías todos los días en las clases a las cuales llegaba un profesor y copiaba en la pizarra lo que debías anotar en tu cuaderno y repetir para tu examen.  La cadena se convertía en el palo o la correa que los padres y los profesores utilizaban contra los estudiantes más rebeldes.  Esa cadena debía ser mordaza cuando criticabas que las clases fueran aburridas o absurdas repeticiones que no te servirían de mucho en la vida. 

Sin embargo, lo peor no eran las correas, los palos o el abuso generalizado, sino que en el colegio nos enseñaron a callar, a aceptar la “ominosa cadena”. Porque, al fin y al cabo, los golpes pasan, las marcas se borran, cuando te haces grande ya no te pueden pegar sin motivo o con él.  Pero lo que te queda es la memoria de tener que quedarte callado.  La memoria de no haber sido respetado.

Quizá por eso, cuando un político roba nos callamos; cuando un policía le pide una coima al chofer de la combi, nos callamos (todos los que hemos viajado en Lima sabemos lo ladrones que pueden ser muchos policías); cuando alguien plagia en un examen, no decimos nada; cuando tu compañero de trabajo o de grupo te pide hacer una mediocridad, accedes.

Muchos dirán que el país es así y no lo vamos a cambiar, que el mundo es injusto y tenemos que acostumbrarnos.  Esos mismos nos han enseñado la lección que de nada vale enfrentarse porque el sistema te golpea duro con un palo y duro (ya lo escribió Vallejo hace tanto). Y saben, al cabo de los años, creo que tienen razón.  Que no se puede nada contra el sistema, que mi generación y la que pasó ha sido incapaz de gestar un cambio, que nacimos niños, pero envejecimos sin juventud, sin rebelarnos, sin intentar si quiera cambiar nada. 

Por eso soportamos tan callados las miserias de Fujimori y su descendencia, las de Toledo (que ni siquiera pudo reconocer con valor a su hija); las de Humala, que tembló de miedo ante su esposa y la Confiep; las de Alan García que nos gobernó dos veces con sabor a ratero y desprecio; las de PPK, que vivió negociando como en los peores latrocinios de Piérola.  

Quizá por eso ser profesor ha sido para mí una especie de refugio contra la vida.  Porque siempre he creído que los chicos en el colegio pueden aprender nuevos valores.  Por eso, durante casi una década no he perdido la fe en que enseñar comunicación, literatura y democracia es una de las formas de enseñarles a que se rebelen, a que no callen nunca lo que piensan.  Por eso, quizá siempre me ha dolido más su silencio que sus opiniones que me contradecían o me llevaban al suspiro exasperado.

Sé que como persona y profesional no soy perfecto, pero si hay algo de lo que estoy convencido es que mis estudiantes serán mejores que yo, que nunca se quedarán callados.  Quizá porque ellos han crecido y seguirán creciendo con menos miedo que yo.

No puedo negarlo, los años de la infancia, la violencia del colegio y de la sociedad en la que crecí me domesticaron.  He aprendido a callarme y acomodarme en la vida, a sobrevivir. He transigido a frases como “no preguntes tanto porque tus compañeros de salón se pueden molestar” o “tu jefa se puede incomodar si le dices que lo que está haciendo es injusto”.  Y como me he acostumbrado me he vuelto un animal domesticado y dócil, como muchos de mis compañeros de generación (debo admitir que existen honrosas excepciones).

Por eso, queridos estudiantes, ustedes sí protestarán cuando una universidad pública (de las que se pagan con los impuestos de todos) les diga que no tiene derecho a dar un examen de admisión porque son pobres y no tienen internet ni computadora.  Por eso, sí se levantarán cuando un presidente, que dice que respeta la Constitución y la ley, la vulnere quitándoles un feriado a los trabajadores sin considerar que una ley no la puede cambiar solo con un decreto de urgencia.  Por eso, ustedes sí elevarán su voz cuando la injusticia campee y la ignorancia hecha pandilla congresal o jauría de empresarios intente saquear el presente y el futuro. 

Para ese momento, ustedes sabrán un poco más de sus derechos, habrán aprendido que no deben de callar, que no tienen ninguna “ominosa cadena que arrastrar”, que son libres e iguales y que merecen las mismas oportunidades para hacerse de una vida digna.  Mientras, los animales dóciles seguiremos arrastrando la ominosa cadena.

 

Atentamente,

Un dócil animal


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