Por Andrés Agüero
Una de las peores cosas que le puede
ocurrir a una persona y a una sociedad es no querer mirar sus propios
errores. Por ejemplo, si digo que el
Perú es pobre, y un estudiante de un colegio caro expone que él es
peruano y tiene plata, esa afirmación no invalidaría la verdad de lo pobre
que es nuestro país.
De la misma manera, si afirmo que
el Perú es un país machista hasta el tuétano o de violadores, no es válida la afirmación
de alguien que dice, pero yo no soy machista o a mí mis amigos no me
violan. Exponer esos argumentos solo
contribuye a encubrir una realidad que tenemos que aceptar: como sociedad estamos muy
muy enfermos, y uno de los virus que nos está matando se llama machismo.
Ese terrible virus es de una
familia mucho más peligrosa que los coronavirus. Pertenece a las del prejuicio,
sus parientes más cercanos son el racismo y el clasismo. Se alimenta de la ignorancia y la ceguera, la
hipocresía y el cinismo, de aquellos que niegan su existencia, porque así puede
seguir acabando silenciosa y mortalmente con nosotros.
El machismo no viene de nacimiento
(aunque a veces pareciera que sí), pero se pega a nuestra piel desde muy
temprana edad. Se engendra en el miedo
de nuestros padres a que el niño o la niña no nos vaya a salir o maricón o
machona (porque ya se sabe que para muchos es un pecado ser homosexual).
El machismo sigue creciendo y
devora nuestro sistema inmunológico social cuando los maestros nos enseñan a
aguantar como machos o a mantenerse delicadas y bonitas como buenas
niñas. Se agrava cuando la tele nos
dice, sin ningún pudor, que si bebes más licor entonces tendrás a mujeres más
bonitas, y que si quieres tener hombres que estén dispuestos para ti, entonces
tienes que mostrarte como una buena presa, lista para ser conquistada. (Y toda esa
sarta de aquellos roles primitivos que tiene que ejercer el hombre y tolerar la mujer).
Por eso somos un país terriblemente
machista en el que se piensa que si un hombre tiene relaciones sexuales con
muchas mujeres es lo máximo; que si es un mal padre, qué se puede hacer, así
son los hombres. Pero si una mujer tiene
varias parejas sexuales porque le da la gana, es una cualquiera; si sale
embarazada, que se friegue porque ella sola se lo buscó (más aún si es pobre), y
si la violan, seguramente le gustaba acostarse con muchos hombres y tenía demasiada vida social.
Ahora bien, muchos dirán que no
piensan así, que son muy modernos y no se consideran machistas. Pero no son la mayoría. Si la mayoría hubiera desterrado ese
pensamiento de su mente no tendríamos tantos desinformados adjetivando a
activistas recalcitrantes y radicales (con las que es válido discrepar) de
feminazis. No tendríamos un abogado que
utiliza como argumento la conducta personal de una chica que (para darle gusto
al letrado) presuntamente ha sido violada.
Nuestro país es un enfermo casi
terminal, un diabético que gusta de gaseosa y golosinas, un obeso mórbido que
no quiere hacer dieta y prefiere las hamburguesas y el pollo frito, es un o una
machista que no quiere aceptar que su ideología mata, viola y frustra el
proyecto de vida de sus madres, sus hermanas y sus propias hijas.
Sí, el Perú, como diría Gonzales
Prada hace más de cien años, sigue siendo un cuerpo putrefacto, donde pones el
dedo salta la pus. Por eso, cuando tu
hija tiene que caminar por un bus repleto, te fijas que ningún depravado le
vaya a meter la mano; cuando tiene que tomar un taxi, prefieres que no vaya sola
o le pides con insistencia que te mande su ubicación; cuando va a salir a una
fiesta, le avisas que tenga cuidado con las bebidas y los amigos. Por supuesto, también cuidas a tus hijos
hombres, pero no tienes el mismo miedo recorriéndote el estómago o las vísceras
cuando el reloj marca la hora en que te dijo que llegaría y no tienes noticias suyas.
Por eso, recuerda que el machismo
no es solo una broma que le juegas a una amiga, está en el lenguaje, en la
manera en que tu papá trata a tu mamá, en las diferencias que hay entre tú y tu
hermana, en cómo te comportas con tu enamorada, en la manera en que te refieres
a la sexualidad de tus amigas o conocidas.
Y aunque te parezca increíble el
virus del machismo agrava la enfermedad en nuestro mundo. Debido a eso también engendra
redes de prostitución, trata de blancas, la violación de un señorito de un buen
colegio que puede pagar un buen abogado para que lo defienda, la muchacha a la
que matan y entierran en una fosa después de haber salido por televisión, la
chica a la que violan en una fiesta porque tenía una vida social activa.
Y aunque la furia, la cólera y la
indignación son naturales frente al machismo, creo que no deben ser el abono de
nuestras acciones, porque no debemos convertirnos en aquello que pretendemos
derrotar. Por ello, hay que ser
pacientes, pero vigilantes. Y en el caso que recientemente se ha conocido, los acusados
de violación deben ser juzgados con el debido proceso, tener el derecho de
defenderse y la sala que los juzgue, de encontrarlos culpables, aplicarles la severa
sanción que les correspondería. Es lo
que pedimos quienes aspiramos a vivir en un mundo civilizado.
Solo de esa manera avanzaremos un
pequeño paso hacia una sociedad donde las personas no se vean
disminuidas por su sexo, género, religión, posición social, apariencia física o
idioma. Así, con pequeños pasos llenos
de paciencia, firmeza y paz aspiraremos a convivir algún
día en un lugar menos injusto.
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