domingo, 11 de octubre de 2020

Las Cantuta, las palabras y un Perú nuevo

 Por Andrés Agüero


Cuando tenía dieciocho años descubrí la magia de la literatura (magia que hasta ahora me sigue asombrando como la primera vez) gracias a una universidad de pobres, quizá una de las más pobres, La Cantuta.  Como buen hogar de pobre no sobraban los lujos, y las cosas andaban y andan todavía un poco complicadas (quienes hemos mordido la pobreza sabemos que siempre cuesta llegar a fin de mes).

Pero debo agradecer que, a pesar de todas las adversidades, me ofreció, sin pedir nada a cambio, su corazón inmenso e inmortal que late y latirá para siempre en mi sangre. Hizo lo mismo con sus palabras que quedarán en mi memoria y también en mi corazón (especialmente las clases de las profesoras Vela, Idrogo y Guzmán de Lama y las de los profesores Córdova, Jurado y Morón).

Pero la juventud es estúpida muchas veces y yo fui la confirmación de ese proverbio. Recuerdo ahora con vergüenza la insatisfacción que sentía de no estar en otro lugar donde pudiera aprender más, también la sensación de que las cosas no se hacían bien en la Universidad. Creo que fui un hijo malcriado y malagradecido. No porque todo fuera bonito ahí, sino porque no entendía que ella me estaba dando lo que buenamente podía y que esas serían las lecciones que me acompañarían en los casi diez años que he ejercido como profesor.

Creo que en esas épocas me perdí a mí mismo (ese extravío me duraría muchos años más y me costaría grandes pérdidas y dolores).  Sé ahora que malentendí las lecciones que leía en los libros y me hice envejecer innecesariamente.  Apagué mis deseos de cambiar el mundo, de quejarme en voz alta, me dediqué a la queja muda, la cólera inútil, la resignación, como si ya no tuviera tiempo ni fuerzas para resistirme a la vida. No pude llegar armado de la ardiente paciencia a las espléndidas ciudades llevando la luz de ninguna nueva esperanza.

Los libros fueron la bohemia que me cobijó y me ayudaban a soportar lo absurdo e inútil que me parecía estudiar y vivir.  Y en la bohemia se fueron los libros que soñaba escribir, pero que nunca vieron la tinta y el papel.

Ahora, al cabo de varios años creo que esa resignación era un síntoma de mi falta de valor.  Pienso que en el fondo lo que me paralizaba era el miedo y la cobardía de sentirme fracasar.  Entonces, para cubrir mi poquedad elegí el discurso que hoy escucho a muchos jóvenes: “todo me llega”, “el mundo es una desgracia”, “nuestro país nunca va a cambiar”, “nadie puede hacer nada contra el sistema”, “para qué, si todas las revoluciones han fracasado”, y muchas frases de ese tipo que hoy sé que eran, son y serán mentira.

Y niego la verdad de esas máximas que ahora están mucho más de moda y parecen verdades incuestionables porque hay pruebas de que las cosas están mal, pero que han cambiado para mejor. 

Lo sé porque cuando estaba en el colegio muchos padres de mis compañeros no creían que fuera tan importante que sus hijos siguieran estudios técnicos o universitarios.  Hoy esos compañeros que se sentaban conmigo, en las carpetas viejas y sin espaldar, tienen plena convicción de que sus hijas e hijos deben estudiar para tener mayores posibilidades de desarrollo.

Sé que es mentira que las cosas no van a mejorar porque la violencia contra las mujeres, que estaba normalizada cuando era chico, es un escándalo y ya a muy poca gente se le ocurre estar de acuerdo en voz alta con que un hombre golpee a una mujer.  Por supuesto, la lacra del machismo sigue incrustada en nuestras estructuras mentales y sociales, por eso tanto ignorante utiliza sin darse cuenta de la dimensión del insulto la palabra femiNAZI tan alegremente.  (Debieran leer un poco del nazismo o las novelas de la resistencia alemana para que entiendan la barbarie qué implicó el nazismo para el pueblo alemán y para el mundo).

Estoy consciente de que las cosas han mejorado porque hoy se entiende, cada día más, que no está bien golpear a los niños, que no es la mejor forma de educar.  Por supuesto, todavía mucha gente que pertenece a la generación de mis padres, e incluso a la mía, sostiene que vivían en un mejor país que el actual, porque a ellos los golpeaban.  Pero eso es mentira, durante los ochenta y los noventa había más analfabetismo, más anemia, menos agua potable, menos viviendas de material noble para pobres, más violencia contra las mujeres, más tolerancia a la corrupción, menos posibilidad de hablar desde la derecha (que siempre me será visceralmente esquiva) o la izquierda.

A nuestro país le falta mucho. Todavía debe entender que no tienen que ganar siempre los pillos, que no funciona bien la política del vivo, que hay que respetar las reglas, que hay que leer más libros al año, que hay que aprender más matemáticas desde niños, que la historia es necesaria para que no nos engañen los ladrones.

Pero desde la experiencia les digo que la mejor forma de ser cómplices de los malos peruanos, de las malas personas es resignándonos, creyendo que nada va a cambiar.  Cuando asumes ese discurso, entonces les dejas el camino libre, entonces te vuelves el colaborador no solo de las malas personas, sino de las peores.

Por eso me duele especialmente cuando leo las publicaciones de quienes fueron mis estudiantes con discursos en los que puedo percibir ese desgano de ser agentes de cambio, esa resignación que los hace esperar con gran ansiedad terminar su universidad para conseguir un buen trabajo y ganar dinero sin que nada más importe.  No los critico porque me pasó lo mismo, pero creo que no era necesario vivir de esa manera.  Considero que podemos hacer más resistiéndonos, quejándonos en voz alta, denunciando lo que no está bien para que otros también se muestren inconformes.

No quiero dar una lección a nadie, tampoco soy ni pretendo ser ejemplo.  Solo me gustaría que te preguntes si puedes hacer algo por tu gente, por los que no han tenido tus posibilidades, las que sufren violencia y acoso, los que padecen hambre, las que no pueden estudiar desde una computadora, un iphone o un smartphone, los que no pueden pagar la pensión de su universidad o instituto de pobre, los que no pudieron dar su examen de admisión porque no tenían computadora.

A veces la voz es lo único que tenemos, entonces es momento de que la palabra deje de ser desprecio y vaguedad, es momento de que se convierta en acción, como diría un viejo maestro (al que parafraseo a pesar de mi agnosticismo) que el espíritu se vuelva verbo y que el verbo de tu palabra habite entre toda la gran masa de personas que lo necesita para empezar a soñar y construir un Perú nuevo.

Un profesor solo con su palabra.

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