martes, 24 de julio de 2018

LA ESCUELA DE 1984 O LA GRAN ESTAFA

Imagen tomada de
https://guillaumemorellec.com/1984-george-orwell

… ¿un hombre cómo afirma su poder sobre otro?
Winston contestó, después de pensarlo un poco:
-Haciendo que sufra.

George Orwell


La novela de Orwell 1984 es una pesadilla posible. Pertenece a la especie de las novelas distópicas y nos muestra en qué podrían haberse convertido los regímenes dictatoriales con sesgos comunistas. Sociedades en las que todas las personas serían vigiladas a través de cámaras no solo en ámbitos públicos, sino incluso en los más íntimos, con el objetivo de controlar los pensamientos y los deseos de los individuos a través de una policía del pensamiento que atraparía siempre a los crimentales, aquellos rebeldes que no aceptan en su fuero esencial que el Gran Hermano, dirigente único y omnipotente del Estado, es perfecto y eterno.  El contexto que Orwell diseña para 1984 es el de una sociedad en que la historia se maneja según la conveniencia de las clases dirigentes utilizando la publicidad asfixiante para poder eliminar individuos e inclusive parte de la historia.

El personaje principal, Winston Smith, desde el principio de la historia busca la forma de enfrentarse al sistema.  Durante el decurso de la novela Smith es captado por una organización secreta que, en apariencia, tiene objetivos comunes a los suyos.  Cuando Winston empieza a adquirir alguna esperanza de realizar acciones revolucionarias es atrapado por la persona que lo captó para la organización secreta y se le revela que no existe ninguna conspiración contra el Gran Hermano, que en verdad la organización conspirativa es una invención para atrapar a los crimentales,  tal y como le ha sucedido a Smith, que luego será torturado y obligado a cambiar su pensamiento en favor de los ideales de la sociedad en la que está atrapado y condenado a desaparecer para siempre. 

El apéndice de 1984, que merece un tratamiento aparte, expone la posibilidad de simplificar el idioma a su más rudimentaria expresión, vaciándolo de sinónimos y diferencias sutiles entre palabras con la única finalidad de evitar que las personas conciban pensamientos políticos en contra de los ideales del Gran Hermano.  Proyecto basado en la idea de que el lenguaje es el instrumento del pensar, y que si este es rudimentario y pobre, el pensamiento tendrá el mismo nivel y, por lo tanto, será imposible cualquier intento de cambio.

En esta novela es clave entender la dinámica del poder.  Una organización que busca destruir el ser de los individuos a través del control de los medios de comunicación, la tortura física, psicológica y la manipulación de la historia.  Quien lea la novela puede comprobar que muchos de los mecanismos que Orwell describe en 1984 están presentes en nuestra realidad: los medios controlados y que conducen a las personas a figurarse una realidad que muchas veces dista de lo que en verdad ocurre, la manipulación de las emociones de rabia y cólera para utilizar a la masa en función de intereses subalternos y soterrados, la idea de que solo un mesianismo salvará a nuestras sociedades y, además, la desesperanza generalizada.  Es cierto que en nuestro país no hay una dictadura comunista sangrienta, como lo hubiera querido el delincuencial grupo terrorista Sendero Luminoso; pero no deberíamos dejar de reflexionar acerca de cómo muchos de los mecanismos que esta horda hubiera utilizado en una administración estatal son aplicados con complacencia y efectividad por las clases que dirigen la política económica y social de nuestro país.  El control que ejercen sobre las masas valiéndose de redes sociales, televisión, radio, música con mensajes que implican sexualidad insana, consumo y poder, y mucho otras formas es increíble.  Sin embargo, existe una maquinaria camuflada entre todas y que es quizá la más efectiva e importante: la escuela pública y privada.

Con muchas diferencias entre ellas, la educación pública y la privada suele tener un componente que las hace únicas y similares a la de 1984: la sensación de tener que obedecer a un programa que no es elegido ni creado por quienes participan de ella. Un primer ejemplo de lo que sostenemos lo podemos observar en los profesores que en su labor diaria suelen tener predeterminado aquello que deben de enseñar.  El maestro de la escuela estatal, por ejemplo, no solo se enfrenta con la burocracia pedagógica que le pide que invierta un tiempo, que no se le retribuye económicamente, en redactar papeles que rara vez se aplican; sino también se enfrenta a los padres que muchas veces esperan que el maestro repita el modelo que ellos utilizaron cuando eran escolares y que suelen rechazar algún intento de innovación propuesto por algún maestro solitario.  El docente de la escuela privada (que en muchos casos no es docente de profesión, sino algún profesional o estudiante universitario con estudios truncos que no tuvo preparación de pedagogía y que debido a su capacidad de empatía y su experiencia ha logrado destreza en el arte de enseñar) se encuentra sometido a programas que en su mayoría son plagios poco lúcidos de sistemas preuniversitarios que tienen más de veinte años de no cambiar y que han demostrado un fracaso rotundo.  Pero el sistema está tan sutilmente enrevesado que las propuestas de cambio, cuando no son planteadas con inteligencia estratégica, suelen fracasar, por la indiferencia, la falta de aliados y también por el abandono de quien las inicia.

En el otro polo tenemos a los estudiantes que llegan al colegio cada año, semana y día acostumbrados a no cuestionar, a no preguntar por qué tenemos que aprender esto que probablemente no nos sirva para nada.  El maestro, lejos de alentar esa disconformidad y el debate sobre esos asuntos se convierte en el policía del pensamiento y tiene que prepararse para reprimir a los estudiantes disconformes, debe de justificar un sistema de contenidos sobre los cuales rara vez ha reflexionado, y si lo ha hecho, ha llegado a la conclusión de que es imposible cambiarlos, porque la costumbre de las mayorías y el poder de los dueños y los administradores del negocio lo aplastará como al buen Smith orwelliano o como al insecto Gregorio de Kafka.  Esto como consecuencia genera a personas que no reflexionan sobre la calidad de aquello que están consumiendo, que no caen en la cuenta de que después de todo el tiempo y el dinero invertido (trece años de sus vidas en el sistema escolar) son incapaces de escribir un artículo de opinión, colocar tildes correctamente, leer un libro por placer, interpretar problemas matemáticos, realizar un plan financiero, utilizar responsablemente los recursos de los que disponemos, crear nuevas soluciones que permitan mermar nuestro consumo, convivir pacífica y ordenadamente, conseguir un trabajo que nos permita, a la mayoría de ciudadanos, vivir con dignidad sobre la base de nuestro esfuerzo.  Es decir, que vamos a la escuela para aprender en qué ciudad nació Shakespeare, pero no podemos entender cómo debemos hacer para no traicionarnos entre familiares y amigos como le ocurre la familia de Hamlet.  La educación resulta entonces una estafa total que edifica un país de hombres pobres y de pobres hombres. 

El tercer actor que es la familia no tiene, en la mayoría de casos, ni idea de qué exigir a la escuela.  Cuando uno compra un par de zapatos entiende que existen algunos estándares como el material del que está hecho, el tiempo de vida útil, la flexibilidad de los materiales, el diseño, e invierte sus recursos a cambio de recibir un producto que se ajuste a sus requerimientos.  Pero cuando los padres envían a las escuelas a sus hijos, en muchos casos, no tienen ni idea de qué es lo que los estudiantes necesitan aprender.  Se encuentran desorientados y ante esa situación recurren al modelo que ellos tienen fijo en sus mentes: la escuela más o menos tradicional, la misma que le causó a la gran mayoría infelicidad y frustración.  Así los padres se convierten en agentes del Gran Hermano y perpetúan el modelo de la estafa.

El cuarto actor de esta tragedia es la escuela pública y la empresa privada que gestiona la educación.  Ambas son organizaciones que buscan contentar a sus usuarios o clientes.  Y si estos no están preparados para los cambios resulta muy riesgoso modificar programas y métodos de enseñanza.  Entonces, para evitar el tedio y el riesgo perpetúan aquello que ya saben hacer.  De esta manera todos los agentes educativos nos encontramos en una camisa de fuerza que nos hace profundamente infelices y sumisos, que destruye nuestra esperanza y nuestras ansias de soñar.  Por eso no es raro ingresar a un salón de clases y preguntar a los estudiantes si se puede acabar con la corrupción y encontrar que la mayoría de las respuestas pasan por la desesperanza o la violencia (hay que matar a los corruptos) como si matando personas fuéramos a quedar solo los buenos y no los asesinos. 

Ante esta situación apocalíptica queda o la lágrima o la acción, y prefiero la segunda.  Si hay algo que he aprendido de mis colegas en estos cuatro años que he trabajado en la misma institución es que los cambios son posibles pero que son procesos de largo aliento y que implican un cambio personal de cada uno de los agentes que intervenimos en ellos.  Tenemos que cambiarnos a nostros y entre nosotros mismos los profesores, estudiantes, padres de familia, directivos y accionistas de las empresas implicadas en educación.  Además, es importante comprender que las modificaciones toman un tiempo bastante largo y hay que armarse de la ardiente paciencia.  Asimismo, estas no las produce la inercia, las realizamos cada uno de nosotros y la salida es la innovación.  Es urgente entender que las cosas van muy mal, pero que tenemos pequeños espacios en los que podemos tocar las mentes de nuestros estudiantes, fomentar que ellos debatan, podemos preguntarles si los materiales educativos son el fin o el medio, cuestionar con ellos qué ocurriría si no se rellena todo el libro, inquirir acerca de qué y cómo es que necesitan aprender.  Crear el clima que les permita comprender que ellos tienen una voz, que sus opiniones deben ser escuchadas y respetadas, que una clase no pasa por escribir en la pizarra y que los estudiantes copien.  También preguntar si estaría bien permitir el desorden, la irresponsabilidad, el irrespeto y el caos.  Debemos dejar (me incluyo en este grupo) de imponer dictaduras y someter el pensamiento y las habilidades de nuestros estudiantes a nuestra voluntad, más aún si nosotros mismos como docentes no estamos convencidos de lo conveniente de los regímenes pedagógicos totalitarios.

Las preguntas reflexivas, los análisis de imágenes, la creación de programas individuales de autoaprendizaje por parte de cada uno de nuestros estudiantes, el cuestionamiento del sistema educativo en cada escuela, la incertidumbre y la construcción de un nuevo camino para cada uno de los ciudadanos de este mundo, es quizá una de las sendas que debe de seguir la educación.   Sé que es difícil, casi utópico lograrlo, pero no tiene que intentar cambiar todo el colegio, ni siquiera todo un salón, basta empezar con pocos estudiantes, con aquellos que estén interesados en hacer algo distinto.  Trabaje con ellos, arrójeles propuestas para que aprendan por sí mismos, comente los libros que está leyendo, pida sus opiniones en clase, dele más tiempo al diálogo.  Téngase paciencia a usted mismo.  Si no es compasivo con usted, no podrá ser paciente con sus estudiantes.  Poco a poco, no crea que todo está perdido, cuando uno menos lo espera encuentra el lugar y las personas que lo apoyen (me ha ocurrido en estos cuatro últimos años de trabajo). 

Por último, es importante no dejarnos abatir por lo titánico y casi imposible de la tarea.  Es nuestro rol social y nuestra acción de amor hacia quienes vienen después de nosotros.  Porque si seguimos repitiendo el modelo de infelicidad y sufrimiento según el cual está diseñado la escuela no tardaremos mucho en alcanzar la pesadilla de Orwell.  Lea la novela y siga imaginando cómo empezará sus clases al regreso de las vacaciones. 

Felices Fiestas Patrias

PD. Cuando cambiemos la escuela empezaremos a luchar contra la lamentable corrupción.