Por Andrés Agüero
Cuando era chico y estaba en el
colegio siempre me llamó a la atención que cantáramos eso de la ominosa cadena
arrastró. Por supuesto, no sabía muy
bien qué significaba la palabra ominosa.
Recuerdo que la busqué en un diccionario viejo que tenía y encontré algo
así como “vergonzoso”, aunque la definición de la Academia es más dura: “abominable
o despreciable”.
Por eso siempre me causaba un sabor
feo el tener que cantar todos los días en la formación del patio lo de la “vergonzosa
cadena” que tenía que arrastrar. Yo
pensaba que solo eran palabras, que no tendrían ninguna importancia en la vida
de ninguno de los chicos que formábamos en el patio de mi colegio estatal. Pero,
al parecer, me he equivocado rotundamente.
Esa frase del viejo himno sí que
nos ha dejado una horrible lección marcada en la piel y con sabor a trauma. Eso de la “ominosa cadena arrastró” era solo la
punta del iceberg. Porque esa cadena la vivías todos los días en las
clases a las cuales llegaba un profesor y copiaba en la pizarra lo que debías anotar
en tu cuaderno y repetir para tu examen.
La cadena se convertía en el palo o la correa que los padres y los
profesores utilizaban contra los estudiantes más rebeldes. Esa cadena debía ser mordaza cuando
criticabas que las clases fueran aburridas o absurdas repeticiones que no te
servirían de mucho en la vida.
Sin embargo, lo peor no eran las
correas, los palos o el abuso generalizado, sino que en el colegio nos
enseñaron a callar, a aceptar la “ominosa cadena”. Porque, al fin y al cabo, los
golpes pasan, las marcas se borran, cuando te haces grande ya no te pueden
pegar sin motivo o con él. Pero lo que
te queda es la memoria de tener que quedarte callado. La memoria de no haber sido respetado.
Quizá por eso, cuando un político
roba nos callamos; cuando un policía le pide una coima al chofer de la combi, nos
callamos (todos los que hemos viajado en Lima sabemos lo ladrones que pueden
ser muchos policías); cuando alguien plagia en un examen, no decimos nada; cuando
tu compañero de trabajo o de grupo te pide hacer una mediocridad, accedes.
Muchos dirán que el país es así y
no lo vamos a cambiar, que el mundo es injusto y tenemos que
acostumbrarnos. Esos mismos nos han
enseñado la lección que de nada vale enfrentarse porque el sistema te golpea
duro con un palo y duro (ya lo escribió Vallejo hace tanto). Y saben, al cabo de
los años, creo que tienen razón. Que no
se puede nada contra el sistema, que mi generación y la que pasó ha sido
incapaz de gestar un cambio, que nacimos niños, pero envejecimos sin juventud,
sin rebelarnos, sin intentar si quiera cambiar nada.
Por eso soportamos tan callados
las miserias de Fujimori y su descendencia, las de Toledo (que ni siquiera pudo
reconocer con valor a su hija); las de Humala, que tembló de miedo ante su
esposa y la Confiep; las de Alan García que nos gobernó dos veces con sabor a ratero
y desprecio; las de PPK, que vivió negociando como en los peores latrocinios de
Piérola.
Quizá por eso ser profesor ha
sido para mí una especie de refugio contra la vida. Porque siempre he creído que los chicos en el
colegio pueden aprender nuevos valores.
Por eso, durante casi una década no he perdido la fe en que enseñar
comunicación, literatura y democracia es una de las formas de enseñarles a que se
rebelen, a que no callen nunca lo que piensan.
Por eso, quizá siempre me ha dolido más su silencio que sus opiniones que
me contradecían o me llevaban al suspiro exasperado.
Sé que como persona y profesional
no soy perfecto, pero si hay algo de lo que estoy convencido es que mis
estudiantes serán mejores que yo, que nunca se quedarán callados. Quizá porque ellos han crecido y seguirán
creciendo con menos miedo que yo.
No puedo negarlo, los años de la
infancia, la violencia del colegio y de la sociedad en la que crecí me
domesticaron. He aprendido a callarme y
acomodarme en la vida, a sobrevivir. He transigido a frases como “no preguntes
tanto porque tus compañeros de salón se pueden molestar” o “tu jefa se puede
incomodar si le dices que lo que está haciendo es injusto”. Y como me he acostumbrado me he vuelto un
animal domesticado y dócil, como muchos de mis compañeros de generación (debo
admitir que existen honrosas excepciones).
Por eso, queridos estudiantes,
ustedes sí protestarán cuando una
universidad pública (de las que se pagan con los impuestos de todos) les diga
que no tiene derecho a dar un examen de admisión porque son pobres y no tienen
internet ni computadora. Por eso, sí se
levantarán cuando un presidente, que dice que respeta la Constitución y la ley,
la vulnere quitándoles un feriado a los trabajadores sin considerar que una ley
no la puede cambiar solo con un decreto de urgencia. Por eso, ustedes sí elevarán su voz cuando la
injusticia campee y la ignorancia hecha pandilla congresal o jauría de
empresarios intente saquear el presente y el futuro.
Para ese momento, ustedes sabrán
un poco más de sus derechos, habrán aprendido que no deben de callar, que no
tienen ninguna “ominosa cadena que arrastrar”, que son libres e iguales y que
merecen las mismas oportunidades para hacerse de una vida digna. Mientras, los animales dóciles seguiremos
arrastrando la ominosa cadena.
Atentamente,
Un dócil animal
Fuente de la imagen: https://images.app.goo.gl/v8AfuvC7yFjZ7iKY9

Que buen artículo, Andrés, muchos crecimos con esa "forma de enseñanza" muchas veces criticada, pero no nos acercaba a los problemas pobres de los que existen en la actualidad, en cuando a la educación y sus resultados con los receptores. En tu argumento señalas que el callar te hace un dócil animal, cuando en realidad el que sostiene la otra postura debería ser conciderado el "Animal aprovechado" , porque le hicieron creer, el levantar las voz, el golpear, amedrentar sería una forma efectiva, que el callar es una forma de aceptación, por tal motivo pensar que están en lo correcto y sus "métodos" son muy acertados. En definitiva hacer prevalecer los derechos de toda persona es la mejor opción.
ResponderEliminarMuy interesante y acertada tus palabras, un abrazo.
Saludos.
Coincido con lo del animal aprovechado. Por eso creo que hay que decir, sin gritar, sin miedo, con la razón no como arma, sino como caricia para el corazón de los hombres que anhelan vivir en paz.
EliminarGracias por tu comentario.